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27 de enero de 2007

Los derechos son sólo para los racionales.

Cuando en el Evangelio Jesús parafrasea a los profetas y dice aquella frase de Mc 4: "para que por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen". Yo creo que constataba una realidad. He encontrado esta cita de Gonzalo Torrente Ballester en una entrevista "filosófica" que simplemente niega toda religión por irracional y de paso cualquier derecho a educar en ella por cualquier medio basándose en el mismo argumento. Cuando los racionales tolerantes proponen acabar con los intolerantes para que se acabe la intolerancia, empiezo a sentir miedo.
Que disfruten la cita, el que la puso apreció la belleza sin entender nada, qué se le va a hacer.

"En esa edad en que muchachos y muchachas aspiran a bailarines y ponen su entusiasmo en el aprendizaje, nunca falta el avisado que aconseja, experimentado y a la vez escéptico: “Tápate los oídos y mira a los que bailan. Verás como es absurdo”. Y lo es, en efecto, toda danza sin música. Pero el consejo es más absurdo todavía, porque vale tanto como decir: “Ahí tienes una realidad. Si quieres conocerla bien y saber lo que vale suprime su fundamento”.
No obstante, el baile parece absurdo a los sordos. Razonablemente, porque el mundo sonoro les ha sido vedado, porque lo que ven es media realidad y carecen de órgano para aprehender la otra media. La conducta del sordo ante el baile, su incomprensión o su repulsa pueden ser lógicas, como lo es, cuando exista, su voluntad de superar la sordera y llegar a la comprensión por el camino que sea. Es lógico también, aunque bastante menos moral, reconocer la absurdidez del espectáculo y quedarse tranquilo.
Albert Camus fue, en cierto modo, un sordo de Dios. Y como Dios es la música del baile de este mundo, Albert Camus halló que el hombre, su vida y su destino, sin Dios, eran absurdos. Pero Camus fue ante todo un hombre moral. No entendía, porque no podía oír, que el mayor de los mandamientos sea “amar a Dios sobre todas las cosas”; pero como al hombre lo tenía a mano, lo veía sufrir, y compadecía con él, puso en práctica, a su manera y desde su profesión de escritor, el segundo de los grandes mandamientos, el que ordena sin restricciones “amar al prójimo como a sí mismo”. Y, en medio del ejercicio de ese amor, no dejó de buscar la música del baile, léase Dios, o,
al menos, de deplorar su ausencia o lo que él por tal tenía. No es imposible que esta buena voluntad llegase a curarle de la sordera. Hay quien afirma que Dios se hallaba ya bastante cerca del telón de fondo de Camus, y que el dolor de su ausencia estaba a punto de transmutarse en presencia jubilosa. Hay quien lo afirma, pero no hagamos mucho caso de estas afirmaciones, porque nunca falta quien arrime el ascua a su sardina, aun apagando el ascua."

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