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17 de abril de 2007

Sostenidos


CARTAS DESDE LA ESPERANZA

Sostenidos

La experiencia del hombre, la sustantiva, es la de su vulnerabilidad. Al fin y al cabo nuestra realidad pasa en un lapso de tiempo, en el que estamos expuestos a los más diversos avatares y circunstancias. Nuestro ser, en realidad, dice una relación necesaria a la limitación. Somos imperfectos, finitos.
Desde el nacimiento, necesitamos de los otros para poder ser. Nuestro alimento viene de los otros y, a lo largo de nuestra vida, va a suceder así en otros muchos campos. Incluso en el de los afectos, un campo de minas de cristal: los otros dibujan nuestras carencias, nuestros miedos, nuestras dependencias; los otros hacen referencia constante a nosotros y, en último término, ese referente es el que nos hace iguales y distintos; los otros son el bálsamo y la causa de nuestros pesares; son limitación y posibilidad de crecer. Vulnerabilidad escrita en renglones de solidaridad, afecto y ternura.
Pero no debemos entender esta interrelación como tiranía, sino como claro signo de distinción. Sabernos interdependientes es lo que nos asegura nuestra identidad como seres humanos. Encontrar en los otros nuestra necesidad, hallar un espejo idéntico de carencias y sintonías, es el hallazgo más feliz que podamos hacer. Porque esa raya que nos delimita del entorno en el que están atrapados el resto de los seres es, justamente, nuestra grandeza.
Por eso podemos decir que los otros nos sostienen. Aúpan nuestra interioridad, nuestra mismidad, para ponerla en el mismo ras de todos. ¡Qué maravilla, entonces, encontrarnos! ¡Qué gozo el poder que tenemos de verternos, como vasijas de barro, unos en otros! Pero también, ¡cuánto dolor porque la comprensión y la compasión siempre se quedan, un poco, inéditas e incompletas!
Más allá de esta vulnerabilidad, podemos hablar de aquella que es definitiva. El poderoso don de reconocernos y conocernos, está velado porque hayamos una puerta de infinitud entrecerrada en cada descubrimiento de limitación. O dicho de otra forma, hayamos siempre una carencia, un imposible de realización, una inquietud escondida que salta sobre la sombra de nuestra existencia. El efecto que percibimos de eternidad se transforma en angustia existencial cuando nos paramos a pensar en qué soy históricamente ahora y qué seré; cuando percibo el envejecimiento, la enfermedad o la muerte; cuando imagino la posibilidad de no ser quien sé que soy. Ese es el duro acero de vulnerabilidad con el que tenemos que templar nuestras certezas.
Pienso, o mejor, sé que a través de ese talón de Aquiles podemos encontrarnos con El que nos sale al encuentro. Hay quien echa la culpa al buen Dios de habernos creado con el mal y la finitud a cuestas. Pero esta presa que nos tiene agarrados es la que nos obliga a buscar. Nuestra vulnerabilidad es la que nos indica que tenemos que salir de nuestra segura realidad para buscar, con ansia, la infinitud, la eternidad, el Amor absoluto.
Es como quien se encuentra con las amistades, o los amores, que van deshaciendo su vida porque no se entrega plenamente y, de pronto sabe con certeza que se pierden. Si teniendo la capacidad para reaccionar, no deja agonizar la intensidad de lo vivido, ha encontrado el secreto del que aprender. Si se lanza a hacer de hermano, entonces sabrá, con meridiana claridad, que se puede pasar por el error para encontrar la verdad.
El Amor que nos sostiene, el buen Dios que nos hace partícipes de su identidad, no ciertamente oculta, no ha hecho de nosotros seres cerrados en su individualidad, en su perfección, sino heridos de vida. La vulnerabilidad es una invitación a la perfectibilidad. Porque el amor es la eterna salida de sí para ser absolutamente con el otro. Dios lo sabe porque Él es así. Amor que sostiene y que se va desgranando en cada acto de amor. Sabe de la donación más perfecta, la que invita a pronunciar las palabras más radicales: “hasta la muerte”. Porque quien es capaz de amar hasta en el instante mismo en que el odio lo aniquila, o aquel que quiere ofrecerse como telón en el que los otros puedan coserse, determina una calidad de amor tal que, en su tremenda generosidad, hace explotar todas las barreras de limitación. Es como un renovado big bang que ahuyenta el vacío de la nada. Amar, que es reconocer nuestra frontera de inanidad, es el más bello canto de totalidad que podamos ofrecer. Y en el que podamos ser.
Pues es en esta vulnerabilidad en la que estamos sostenidos, maravillosamente sostenidos. No es Dios un ser que haga seres dependientes, sino quien aproxima a los otros a la totalidad con la fuerza de la búsqueda libre. No es Dios quien maneja los hilos de nuestro albedrío poniendo barreras a lo que podemos ser, sino el que inscribe en nuestro interior un deseo de búsqueda que pretende superar las barreras de lo que somos. No es este Dios más que una inmensa propuesta de donación que, siendo persona, se acerca para poder sostenernos en el ansia de ser nosotros más persona.

Manos

Manos que alzan
la historia está llena de ellas
que rescatan, que atraen.
Bosques de manos abiertas.

Manos que tocan
tentáculos de misericordia,
caricias, cercanía y ternura.
Mares envolventes de manos.

Que socorren
manos que curan heridas,
que tiran la muerte por tierra.
Manos como estrellas.

Que escriben la historia
y llaman a la verdad,
trabajadoras manos,
como arenas las manos.

Que agarran martillos y azadas,
que voltean palustres,
envueltas en callos.
Manos comos sudores y lágrimas.

No falten las tuyas,
no falten tus manos,
que entonces se restan,
que entonces hay nada.

Hicieron posible la vida
arrimaron ascuas al frío,
sembraron semillas, palparon,
rascaron la herrumbre.

Hay manos, hay muchas,
están sosteniendo el Mensaje,
han visto de nuevo lo Nuevo,
invitan y tienden la palma,
falta la tuya.

Pedro Barranco©2007

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